domingo, 23 de abril de 2017

Día del Libro 2017


Domingo, luce el sol y los libros salen a la palestra. Los libreros se lanzan a la calle para dibujar el contorno de ese objeto de culto, los lectores se dejan seducir por el romanticismo y la nostalgia de la lectura, las instituciones nos llenan de mensajes sobre las bonanzas del papel impreso, y un servidor prefiere irse al campo y pensar en todos los libros que siguen buscando cobijo en la imaginación de otros...

Estaba el señor don Libro
sentadito en su sillón,
con un ojo pasaba la hoja
con el otro veía televisión.

Estaba el señor don Libro
aburrido en su sillón,
esperando a que viniera... (a leerlo)
algún pequeño lector.

Don Libro era un tío sabio,
que sabía de Luna y de Sol,
que sabía de tierras y mares,
de historias de aves,
de peces de todo color

Estaba el señor don Libro,
tiritando de frío en su sillón,
vino un niño, lo cogió en sus manos
y el Libro entró en calor.

Gloria Fuertes.
El señor don Libro.
En: Versos fritos.
2007. Madrid: Susaeta.
N.B.: Autores de las imágenes de la entrada desconocidos.


jueves, 20 de abril de 2017

Un poco de narrativa infantil y juvenil en estos días de rosas y libros


Zuzanna Celej

Ya saben que el Román, este monstruo ávido de libros infantiles, siente verdadera pasión por los álbumes. También que es una persona bastante curiosa y suele meter las narices en otros muchos libros que no son los propiamente ilustrados. Por ello, en este jueves ventoso y siendo consciente de que hay monstruos que gustan de leer palabras y dejan a un lado las imágenes, les traigo unos cuantos apuntes sobre algunos libros de narrativa infantil y/o juvenil que he leído durante los pasados meses y que creo que merece la pena tener en cuenta. ¡Allá voy Día del Libro 2017!


Sin lugar a dudas Los incursores, el volumen que engloba las dos primeras novelas de la serie de Mary Norton (Los incursores y Los incursores en el campo) y que fue editado por Blackie Books hace un año y medio aproximadamente, se perfila la re-edición de literatura infantil clásica que más he disfrutado durante los últimos tiempos. Esto se debe no sólo a una edición magnífica (sé que muchos se acuerdan de las ediciones de Altea Benjamín, pero eso ya es historia), sino porque quienes gustamos de la literatura elaborada y la prosa algo más compleja que la se estila durante los últimos tiempos (¿Por qué la subordinación es casi inexistente y la construcción de los personajes tan inconsistente?), encontramos ciertos reflejos de nosotros mismos en esta obra necesaria de la LIJ. ¡Arrietty ni canta ni baila pero no se pierdan sus aventuras!



Sigo con Tania Val de Lumbre de María Parr e ilustraciones de Zuzanna Celej (Nórdica Infantil). Aunque puede parecer un libro bastante invernal por ambientarse en Noruega, lo cierto es que la luz y la naturaleza inundan de primavera sus escenas. Las peripecias de esta niña pelirroja nos trasladan a un mundo que tiene mucho que ver con las heroínas de la literatura infantil más conocidas como Pippi Calzaslargas, Ana de las Tejas Verdes y, sobre todo, Heidi, la protagonista de la obra de Johanna Spyri que recibe innumerables guiños desde esta novelita. Los paisajes nevados, la familia, sus idas y venidas, la amistad intergeneracional y el humor son los pilares de una narración a caballo entre la novela coral y la de aventuras por episodios, todo ello regado con melodías de violín y una mirada que, desde la inocencia, mira el mundo adulto con humor y sentido crítico.


Continuo con El mar y la serpiente, un libro de Paula Bombara publicado en la colección Nandibú Horizontes de la editorial Milenio. Es un libro cálido y acogedor, evocador y nostálgico. La primera parte es arrebatadora, no sólo por esa inocencia que envuelve las palabras que comparte la niña consigo misma, sino las que intercambia con su madre y las que reza a su padre. Hay algo que te mueve en cada silencio, en cada palabra que suena a eco. Sutil y crítico. El ritmo va in crescendo y provoca un internamiento en la historia paso a paso. Conforme tiramos de la hebra, obtenemos sorbos de información que nos llenan, nos conmueven y nos duelen. La segunda parte cambia de tercio, al expositivo, quizá más árido y que choca frontalmente con lo poético de la primera, un contraste que quizá sea intencionado por parte de la autora para afianzar el lapso espacio-temporal. Un libro que habla de Argentina y su historia, de las dictaduras y sus consecuencias.


Llega el turno de las novelitas de adolescentes... Después de haber leído Bajo la misma estrella no pude resistirme a la tentación de engullir Ciudades de papel, otra novela de John Green (Nube de Tinta) que fue llevada a la gran pantalla hace un tiempo. A pesar de constatar que no había tenido el mismo éxito que la primera, me dejé llevar por el lado más quinceañero de mi existencia y empecé con él. Aunque tiene un principio arrollador (lo mejor, sin duda), va perdiendo fuelle conforme se va desarrollando la acción. Guarda bien el ritmo y se lee con mucha facilidad (sin duda uno de los puntos fuertes de este autor), pero noté cómo iba cuesta abajo. Así que, de repente, me topé con un final un tanto incoherente y pegué un frenazo en seco. ¿Por qué buscas del lector un tirón de orejas hacia esa protagonista con ínfulas de estrella en vez de ensalzar la figura de un chaval que arriesga mucho por un amor que se terminará rebelándo (sí, con b) un tanto platónico (y patético)? ¿Me explicas?


Y termino con Mi hermana duerme sobre la repisa de la chimenea de Annabel Pitcher (Siruela), un libro que fue un sorpresa para mí, más que nada porque no lo conocía y se reveló como un acicate para con mis alumnos... Tuve la suerte de toparme con una edición original en Foyles, así que, cuando regresé a España busqué la versión española en la biblioteca más cercana y me lancé a la piscina... La escritora trabaja bien al elenco de actores (ese niño que todavía no ha pasado el duelo por la muerte de su hermana en los atentados del metro de Londres del 2005 y su familia desestructurada por la tragedia, bien merecen una lectura pausada), trata con suficiente realismo la relación entre los dos protagonistas de esta historia (aunque en algunos momentos deja entrever resquicios de debilidad, quiero pensar que esto no se deba a la autocensura y lo políticamente correcto) y crea una narración a través de la cual los lectores pueden hacerse preguntas abiertas sobre los conflictos entre lo cultural y religioso. Lo recomiendo abiertamente para últimos cursos de primaria y los primeros de secundaria.


Zuzanna Celej

miércoles, 19 de abril de 2017

Selección de boardbooks 2016-2017


Que los bebés también leen no es algo nuevo y son muchos los especialistas, bibliotecarios, maestros y libreros que han prestado atención a una realidad que empezó a palparse desde unas décadas hasta hoy. Símbolos e iconos de diferentes naturalezas han empezado a pulular por unos libros que utilizan soportes más rígidos (o flexibles, ambos adjetivos son válidos) en los que las manos de los pequeños encuentran mensajes variopintos que les conducen a este mundo o a otros imaginados. Libros de cartón, libros de tela o de plástico son una buena alternativa a la fragilidad del papel. Unos artefactos que, bien pensados (no se pueden imaginar la complejidad que albergan estos títulos aparentemente sencillos dónde los colores primarios y las formas simples suelen participar bastante), abren un espacio donde el bebé pueda participar del acto lector. Onomatopeyas, rimas sencillas, animales, abecedarios, palabras complementarias, referencias metaficcionales y estados emocionales abundan entre sus páginas, esas que les traigo en esta pequeña selección que esta vez he preferido dotar de dos apartados -“Ficción” y “No ficción”- ya que en muchos casos estos libros informan y plantean cierto aprendizaje sobre el medio que rodea al lector. Además, y teniendo en cuenta que este año son un buen puñado, señalo con tres estrellas (o asteriscos, llámenlos como quieran) aquellos títulos que más me gustan (¡Busquen ustedes los suyos!) y que comento brevemente. Espero que la disfruten y le saquen el debido partido, ¡que el Día del Libro está cerca!

FICCIÓN



Emanuelle Bastien. Me gusta. Tramuntana. (***) Un libro donde colores primarios y troqueles ayudan a la identificación por parte del niño de diferentes elementos, acciones o situaciones cercanas. Diseño de altos vuelos para, desde la sencillez, trasladar al niño al mundo vivido.


Xavier Deneux. Poco a poco. Combel.



Hector Dexet. Es un jardín... Patio Editorial.


Javier Martínez y Carmen Queralt (il.). Manuela. Libre Albedrío.


Cédric Ramadier y Vincent Bourgeau (il.). Comer un lobo. Lóguez. (***) Un título que ha tenido mucho éxito y que plantear un cambio de perspectiva basado en elementos metaficcionales donde el lobo de los cuentos infantiles pasa de verdugo a víctima, no sin cierto humor y líneas sencillas y colores llamativos.


Cédric Ramadier y Vincent Bourgeau (il.). El libro enfadado. Lóguez.


Antonio Rubio y Federico Fernández (il.). Aurelio. Kalandraka. (***) Otra gran pequeña obra del siempre exquisito Antonio Rubio, donde rimas y juegos saltan de una vocal a otra para abrirle un hueco más que merecido a este murciélago tan salao en el ideario infantil.


Mariana Ruiz Johnson. Por el camino. Kalandraka.



Javier Sobrino y Lucie Müllerová (il.). Ojos de Lobo y ¡Tachán, tachán!. Thule. Dos buenos libros de factura nacional en los que la hora de la comida y la de irse a la cama son la excusa perfecta para recorrer el ideario y los cuentos infantiles, así como sus personajes. Unos que, a caballo entre la retahíla y los coloridos contrastes, transportan al bebé a mundos transversales.




 François Soutif. ¡Waah! / Tralarí, tralará / ¡Ayayay! Picarona. (***) Estos libros ideados en cartón, unas veces con encuadernación en acordeón y otras en forma de libro son una delicia porque en ellos existen varios niveles de lectura, por un lado son descriptivos y por otro metaficcionales, en los que el espacio físico de la página y el objeto libro tienen mucho protagonismo y a partir de los cuales el lector puede desarrollar su propia historia.



Jennifer Yerkes. Un día perfecto. A buen paso. (***) Desde la sobriedad, esté título lleno de sonidos, explora la naturaleza y su devenir diario. Un libro donde el niño se encuentra con el campo y sus protagonistas desde una serie de imágenes perfectamente secuenciadas.

NO FICCIÓN


Esther Burgueño. Contrarios y Formas. Jaguar.



Ingrid Chabbert y Marjorie Bèal (il.). Formas y Colores. Anaya.


Xavier Deneux. ABCBook. Combel. (***) Uno de esos libros donde el formato tiene mucho que decir. Un título con contenido bilingüe para usarlo infinidad de veces y buscar detalles en él que nos aporten información adicional.



Yayo Kawamura. Los colores y Los números. SM.


Scarlet Narciso. Aquí veo. Ekaré Sur. (Nota: Sólo disponible en ciertas librerías)

martes, 18 de abril de 2017

Tres películas de animación y un libro


Tras un pequeño descanso estamos de vuelta para encarar con cierto estoicismo este último trimestre del curso escolar que, entre el calor y las aulas a rebosar de hormonas, siempre se hace cuesta arriba.
La Semana Santa, menos para procesiones (increíble pero cierto, no me he topado con ninguna), ha dado para todo (me entra la risa...). Me ha cundido, sí señor. He estudiado un poquito, limpieza, colegas, juerga, familia, sol y playa... De todo. Si a ello añadimos que también he logrado ponerme al día en lo que a cine de animación se refiere (soy muy niño yo, ya lo saben), pues la cosa ha salido re-don-da. Así que, si no les importa, les traigo tres películas de “dibujos animados” (entrecomillo porque a algunos no les gusta nada esta denominación) y, ¡cómo no!, un libro.


En primer lugar, una película que tenía muchas ganas de ver, Your name, un largometraje de animación escrito y dirigido por Makoto Shinkai, ese que según los enteraos se perfila como sucesor de Miyazaki (cosa probable aunque algo exagerada, dado el gran poso tradicionalista y el amplio universo del creador de El viaje de Chihiro, La princesa Mononoke, Laputa o El castillo ambulante) y que me he tragado en japonés subtitulada en inglés (¡como debe ser!). La película, adscrita al género romántico (como muchas de este autor, de ahí que poco tenga que ver con el gran Hayao) y la más vista en la historia del cine nipón, es una delicia, no sólo porque la trama está bien urdida y la secuenciación es más que buena (me encantan esas pausas tan estéticas en las que el tiempo se detiene y la naturaleza fluye, esos respiros intensos en los que el espectador busca con ansiedad cierta esperanza ante un amor imposible por muchas razones). 


Aunque un servidor es más que fanático de Cinco centímetros por segundo (del mismo director aunque con una estética menos occidental, mucho más grave y lenta), he de reconocer que esta cinta ha encandilado al lado más quinceañero de mi corazón. En breve (si no ya) la estrenarán en los cines españoles (y doblada), así que ya saben.


Fotograma de Cinco centímetros por segundo.

Con el apetito abierto y ganas de engullir más cine de animación, al día siguiente me zampé La tortuga roja, la aclamada coproducción franco-nipona (el estudio Ghibli tiene mucho que decir aquí) y dirigida por el holandés Michaël Dudok de Wit. Se ha hablado tanto de esta película que no sé qué decir más. 



Una película sin diálogos (que no muda, oiga; la banda sonora tiene mucho que hablar aquí) basada en tres pilares básicos que son la familia (algo esencial en la supervivencia del naufrago protagonista), el enfrentamiento con la naturaleza (que las catástrofes naturales se ceben con el protagonista o que la tortuga roja le impida la salida de la isla son pruebas de ello) y la comunión con ésta (no les desvelo el misterio de la más hermosa metáfora). Resumiendo, es un alarde narrativo y visual que hay que ver sí o sí.



Por último y con tan buenas experiencias, me animé (maldita sea la hora) con El bebe jefazo de Dreamworks... Seguramente prevaleció en mi subconsciente que la película en cuestión está basada en el libro homónimo de mi admirada Marla Frazee (en castellano dentro de la colección Cubilete de la editorial Bruño), una autora e ilustradora de buenos álbumes infantiles como El granjero y el payaso (un libro sin palabras que en nuestro país tuvo poco éxito pero que me parece sencillo, sutil y muy poético), pero si hay que ser sincero diré que no me gustó en absoluto. 



Empezando por la trama, lo manido de sus personajes, el humor simplón y sin gusto, y que, por supuesto, poco tiene que ver con el libro excepto que el protagonista es un renacuajo déspota y tirano (de hermanos mayores, padres estereotipados y demás actores secundarios, NADA). Sin más dilación y teniendo en cuenta lo anterior, mi recomendación es que se ahorren el dinero de la entrada y se vayan a una librería y lo inviertan en el álbum, que es un librito simpático y más que agradable que, sin tantos fuegos artificiales defiende el cariño como el mejor de los acicates familiares. Háganme caso, les aprovechará más.  


martes, 11 de abril de 2017

La belleza de la lentitud


De unos años a esta parte han surgido los movimientos “slow” ("slow life", "slow food", "slow fashion"...) unos que, al amparo de otras modas como "lo orgánico" y "lo sostenible", apuestan por una vida tranquila, sin prisas, en la que la paciencia y la quietud fueran las premisas básicas que alimentaran nuestro día a día, una ideosincrasia que me chifla. Vivir sin vértigos, sin horas que pasan con celeridad, de manera relajada y disfrutando de cada instante, son fundamentales para no sufrir los acelerones de este mundo de locos.


Quizá muchos hayan llevado esto al extremo comprándose una casita en mitad del monte y cultivando lechugas con mimo y parsimonia, pero lo cierto es que también podemos sacar partido de esa tranquilidad en sitios más bulliciosos y asfálticos: sólo hace falta pararse y disfrutar, una regla de oro que aprendí a rajatabla cuando vivía en Madrid. No entendía porqué la gente corría de un lado para otro, porqué nadie dejaba que fueran las escaleras mecánicas las que se movieran, el porqué de los cláxones en los atascos... Al final me dí cuenta que yo iba de la mano con ellos, que su inercia también era la mía y dije basta. Me quedé quieto. Sólo entonces empecé a disfrutar de los mercados de abastos y los puestos del Rastro, de las callejas de Malasaña, Salamanca o Lavapiés, de las fachadas y sus detalles arquitectónicos, de los paseos por el Jardín Botánico, El Retiro o los parques de Fuente del Berro o El Capricho, de lo variopinto de las gentes, de cómo todos somos uno.


Esa sensación de calma es la que también experimentamos cuando observamos a alguien amasando pan por la mañana, bordando flores de lana, o pintando la luz de la tarde. Nos quedamos embelesados y no pensamos en ningún momento que perdemos el tiempo, que lo estamos desaprovechando. La tarde se va sola mientras hacemos algo: disfrutar.
Es por ello que me ponen enfermo los viajeros atropellados. Hay que ver cosas, claro está, pero abomino de los compañeros de viaje ansiosos y hastiados. Los prefiero con algo de sosiego y poder compaginar turismo con ocio pausado. Pillar un lugar quieto a orillas del canal y tomar una cerveza mientras el tiempo se queda en la conversación y no lo dejamos marchar. Reírnos como críos -que falta nos hace- y pensar que mañana volverá a salir el sol.


Y con tanta tranquilidad, me he acordado de las bonanzas de un álbum de Antoinette Portis (¡Sí, la misma autora de No es una caja!) que lleva por título Espera (Editorial Patio), y donde se habla de dicotomía que existe entre adultos y niños a la hora de ser capaces de valorar las pequeñas cosas que nos rodean. Un niño y su madre van de un lado a otro de la ciudad, y mientras el pequeño ansía detenerse a disfrutar de la belleza del mundo, su madre prefiere continuar el camino. Sin duda este libro es un gran tirón de orejas a todos los que se pierden las estampas cotidianas, se olvidan de estas, las que nos insuflan vida.


lunes, 10 de abril de 2017

Del verbo escribir...


Escribir, ese verbo estrechamente ligado a la lectura, es algo que, aunque pensemos que está de capa caída por culpa de tecnologías y otras modas, es una constante en cualquier época y se haga de la forma que se haga. Si bien es cierto que muchos románticos defienden a ultranza la tinta y el papel para plasmar sus sentimientos, no hay que menospreciar a esos otros que utilizan las redes sociales para comunicarse con amigos y familiares. Déjense de rollos, la escritura está más viva que nunca.


Está claro que unos escriben mejor que otros, algunos más deprisa y otros más despacio, quienes usan correctamente la ortografía y aquellos que gustan de pegarle patadas al diccionario. Escribir es básico, más que nada porque el hombre es un animal social y se comunica con su entorno, además de otras vías, a través del lenguaje, bien hablando (otros día me detendré en este otro verbo, que también tiene lo suyo), bien escribiendo. El caso es entenderse...
A pesar de que los formatos digitales se llevan la palma en esto de la escritura contemporánea, en los últimos años ha surgido una afición que, aunque tiene cierta vis novedosa se basa en la figura de los antiguos calígrafos, personas que cultivaban el arte de la escritura a caballo entre la corrección, la legibilidad y por supuesto, la belleza. Lo han llamado con el vocablo inglés “lettering” y utiliza diferentes tipos de medios donde destacan el Pentel® y los rotuladores biselados. Si quieren ver de lo que son capaces aquellos que practican este entretenimiento (muchas veces profesión ya que de unos años a esta parte se utiliza en medios publicitarios y diseño gráfico), les recomiendo redes sociales como Pinterest o Instagram donde las imágenes son las protagonistas.


Hablando sobre el oficio de escribir llegamos al punto en el que comentar la proliferación (cada día más) de escritores (ya no sólo como oficio) por todo el orbe. Tenemos una necesidad imperiosa de expresarnos, de que los demás sepan de nosotros, de nuestras ficciones y realidades. Es por ello que muchos se lanzan al universo de la escritura a través de numerosas vías que van desde el tradicional papel a espacios en la red que abren huecos poco explorados en los que perderse entre las palabras de otros. Blogs como este en el que viven los libros para niños, o microespacios como los de Twitter, dan oportunidades a nuevos universos personales y libres donde cada uno dice lo que quiere sin tener que pasar las cribas de editores, poderosos y otros “lobbies” (o al menos eso se espera, porque aquí todo el mundo nos creemos con derecho de exigir y opinar...).


Pero, ¿por qué a veces escribimos porque sí, sin afán alguno? Tenemos que entender la escritura como un acto personal con el que ordenar las ideas, integrarlas dentro de un discurso, conocernos a nosotros mismos, buscar giros inesperados en el lenguaje y deleitarnos ensimismados en ese momento en el que el papel nos devuelve el fiel reflejo de una parte de nuestra naturaleza individual o colectiva.


Y así, escribiendo, les muestro el título de hoy, Escribir, un álbum de John Alcorn y Murray McCain (también autores del tan conocido ¡Libros!), editado en castellano por Libros del Zorro Rojo, y donde hay sitio para letras, palabras, abecedarios, expresiones y muchas cosas más que entraña este verbo del que hoy escribo, tan práctico y que tantas cosas buenas (o malas, según se mire) nos trae a los seres humanos.  

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