martes, 11 de abril de 2017

La belleza de la lentitud


De unos años a esta parte han surgido los movimientos “slow” ("slow life", "slow food", "slow fashion"...) unos que, al amparo de otras modas como "lo orgánico" y "lo sostenible", apuestan por una vida tranquila, sin prisas, en la que la paciencia y la quietud fueran las premisas básicas que alimentaran nuestro día a día, una ideosincrasia que me chifla. Vivir sin vértigos, sin horas que pasan con celeridad, de manera relajada y disfrutando de cada instante, son fundamentales para no sufrir los acelerones de este mundo de locos.


Quizá muchos hayan llevado esto al extremo comprándose una casita en mitad del monte y cultivando lechugas con mimo y parsimonia, pero lo cierto es que también podemos sacar partido de esa tranquilidad en sitios más bulliciosos y asfálticos: sólo hace falta pararse y disfrutar, una regla de oro que aprendí a rajatabla cuando vivía en Madrid. No entendía porqué la gente corría de un lado para otro, porqué nadie dejaba que fueran las escaleras mecánicas las que se movieran, el porqué de los cláxones en los atascos... Al final me dí cuenta que yo iba de la mano con ellos, que su inercia también era la mía y dije basta. Me quedé quieto. Sólo entonces empecé a disfrutar de los mercados de abastos y los puestos del Rastro, de las callejas de Malasaña, Salamanca o Lavapiés, de las fachadas y sus detalles arquitectónicos, de los paseos por el Jardín Botánico, El Retiro o los parques de Fuente del Berro o El Capricho, de lo variopinto de las gentes, de cómo todos somos uno.


Esa sensación de calma es la que también experimentamos cuando observamos a alguien amasando pan por la mañana, bordando flores de lana, o pintando la luz de la tarde. Nos quedamos embelesados y no pensamos en ningún momento que perdemos el tiempo, que lo estamos desaprovechando. La tarde se va sola mientras hacemos algo: disfrutar.
Es por ello que me ponen enfermo los viajeros atropellados. Hay que ver cosas, claro está, pero abomino de los compañeros de viaje ansiosos y hastiados. Los prefiero con algo de sosiego y poder compaginar turismo con ocio pausado. Pillar un lugar quieto a orillas del canal y tomar una cerveza mientras el tiempo se queda en la conversación y no lo dejamos marchar. Reírnos como críos -que falta nos hace- y pensar que mañana volverá a salir el sol.


Y con tanta tranquilidad, me he acordado de las bonanzas de un álbum de Antoinette Portis (¡Sí, la misma autora de No es una caja!) que lleva por título Espera (Editorial Patio), y donde se habla de dicotomía que existe entre adultos y niños a la hora de ser capaces de valorar las pequeñas cosas que nos rodean. Un niño y su madre van de un lado a otro de la ciudad, y mientras el pequeño ansía detenerse a disfrutar de la belleza del mundo, su madre prefiere continuar el camino. Sin duda este libro es un gran tirón de orejas a todos los que se pierden las estampas cotidianas, se olvidan de estas, las que nos insuflan vida.


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