miércoles, 24 de mayo de 2017

Ser uno mismo a pesar de las etiquetas


Ser uno mismo puede parecer un ejercicio muy sencillo o muy difícil según se mire, sobre todo en lo que se refiere a los demás. Cuando los que nos rodean nos dejan campar a nuestras anchas y viven preocupados por vicisitudes propias en vez de ajenas, hacer el mono puede ser un camino de rosas. En cambio, cuando la gente se empeña en apuntar con el dedo o vivir a costa de estereotipos y prejuicios, la cosa se pone chunga, más que nada porque hay que darle al interruptor -desenvainar se ha quedado obsoleto- de la espada láser y liarse a mandobles.
Seguramente ahora saltarán a la palestra maminazis de todos los puntos cardinales pidiendo un poco de decoro (¡Shhhh! ¡Román, mide tus palabras! ¡Un poco de responsabilidad! ¡Di no a la violencia!), a las que haré caso omiso para seguir con mi lucha intergaláctica. No obstante y para no derramar mucha sangre, calmaré los ánimos haciéndoles saber que soy más partidario de las zascas, el cinismo y la sorna, que de amputar miembros (viriles o no). Para el que no quiera ponerse en modo guerrero ninja, que al menos se ría.


No sé qué hay de malo en decir ciertas cosas... Parece que últimamente todo debe ser suavizado, dulzón, inocuo, deslavazado. Y como sigamos así, llegaremos a un punto sin retorno en el que nos dejaremos avasallar por las masas, perderemos la identidad, y, más que sosos, nos dejaremos marchitar en pro del buenismo, el intervencionismo y la sociedad de la postura y el desamparo.
¡Qué pijo! ¡Yo soy quien soy! Un poco de aquí, otro poco de allá, un poco por delante y otro poco por detrás. También deslenguado y un poquito canalla. Pero lo peor de todo sería que se dejaran guiar por las apariencias, por habladurías, por estas palabras que escribo, este aire circense, y no me dieran una oportunidad. He ahí la libertad para conocerse, para opinar y, si no cuaja, dejarse de hablar (¡Aguantarse nunca! ¡Sufrirnos jamás!).


Es por ello que será preferible practicar ese ejercicio tan saludable de dejar entrar a todos aquellos que hemos juzgado sin dilación y tachado de esto o lo otro, que arrinconarlos a tenor de unas siglas mal llevadas, un comentario poco afortunado o coincidencias que parecen otra cosa.
Y si no quedan convencidos por mis palabras les invito a leer uno de esos libros que gustan a todo el mundo (incluido yo mismo..., ¡será que en el fondo soy un comercial y un sentimental!). Rojo. Historia de una cera de colores de Michael Hall y editado por Takatuka, es una metáfora en forma de álbum con la que muchos nos sentimos identificados. La sociedad y sus presiones, etiquetas y sambenitos, las oportunidades que nos brindan los aperturistas, toques de humor con sabor agridulce, y detalles que amplían la historia (¿se han fijado en las guardas?) son buenas bazas para una historia que sabe abrirse camino por sí sola sin efectismo y sinceridad.


A mí me gusta. Espero que a usted también. Y si no, tan amigos.

lunes, 22 de mayo de 2017

Adolescentes afortunados, padres desafortunados (¿o es al revés?)


Perdonen mi ausencia durante la última semana. Anduve por tierras zamoranas con una caterva de alumnos y mi atención no daba para más. Afortunadamente la cosa fue bien (¡Qué descanso!) y hoy puedo puedo empezar de nuevo a darles la tabarra con estos libros míos, aunque sea a expensas de mis estudiantes, esos que me inspiran no pocas veces....
Por fortuna o por desgracia, tratar con adolescentes da mucho quehacer. Mientras que a los niños les hace carantoñas todo el mundo, a los púberes nadie las hace caso. Achacando que lo suyo es insoportable (cosa que es verdad, ¿para qué vamos a mentir?), la sociedad se deshace en remilgos y los deja de lado. Con un carácter a caballo entre pequeños y grandes (transicional lo llaman), los jóvenes de este país, querámoslo o no, son un problema menor. Lo que acabo de llamar “imposibles invisibles”, algo que no es excusa para intentar entenderlos. ¿Padres? ¿Profesores? A ver quiénes son los guapos que se atreven...


Padres, como hijos, hay de todas clases... Unos, más que hartos, no saben qué hacer con los descarrilados (“A ver si tú, Román, hablas con él, que a mí, ni caso...” Y yo, sigo flipando), mientras otros, ignorantes, viven en la inopia (“Román, de verdad de la buena, que estudia un montón, ¡se pasa todo el santo día metido en su cuarto!”). También están los desconfiados (“¡Como me enteré de que falta un día a clase, la engancho del moño y la arrastro!” dijo la madre, y en el baño del instituto, la hija, de un ataque de pánico, en las venas se hizo un tajo -verídico y sin exagerar-), los orgullosos (“El otro día se vino mi hijo a una capea y ¡no veas! El campeón toreo una becerra ¡y a un par de chavalas! ¡Ese es mi niño! ¡Ole, ole y ole! ¡'Puto arte!”) y los buenos amigos (¿Que mi hijo quiere un cigarro? ¡Toma un paquete! ¿Que mi niño quiere un cubata? De eso nada, ¡que sean diez!)...


Mientras, los profesores, esos que dejamos a un lado los paños calientes y las vendas oculares, damos buena cuenta de que los adolescentes siguen siendo los mismos inexpertos, los mismos incomprendidos que éramos nosotros. De que nadie les escucha (¿Quién lo diría? Sobre todo cuando los llevas de excursión, te enganchan y no te sueltan...) pero todos quieren captar su atención (las primeras, las marcas comerciales, y los segundos, los políticos). De que sus problemas no son importantes aunque les condicionen el resto de la vida. De que, en medio de la travesura y la pillería, sólo quieren que los quieran. Como a todos los humanos.


Eso debió pensar Remy Charlip, el artista multicisciplinar (de todo hizo este señor: bailarín, coreógrafo e ilustrador, y que además posó como modelo para que Brian Selznick diera vida al personajes de George Mèliés en su premiado libro La invención de Hugo Cabret, una obra que también se le dedicó) cuando ideó Afortunadamente, un libro de dichas y desdichas infantiles que, gracias al cielo y como bien dice su título, acaba de rescatar la editorial Lata de Sal en su colección Vintage para que demos buena cuenta que todas las venturas tienen una parte de desventura. En él, su autor, además de hacer hincapié en una secuencia rítmica de fortunas y contratiempos, de color y blanco y negro (vean como alternativamente aparecen las páginas grises y nubladas), de luz y oscuridad, nos presenta la historia de un niño que ha sido invitado a una fiesta y que, con una mezcla de humor, ingenio y sinsentido, acaba topándose con una grata sorpresa.
Así que hoy y para empezar la semana con dicotomía y dicha, recomiendo este libro dirigido a los niños a todos aquellos padres de quinceañeros que esperan (desesperados algunos) que terminen el acné, los cambios de humor desorbitados, y las discusiones, porque, afortunada o desafortunadamente, es lo que toca.


viernes, 12 de mayo de 2017

Otros cuentos más bellos que los de la rabiosa actualidad


Elizabeth Builes

Como cada vez estoy más harto de los cuentos que avivan las redes sociales (¿Llamará Franco a Ada Colau para que se persone con su “Stop Desahucios” en el Valle de los Caídos? ¿Qué libros trascendental ha escrito Dani Rovira para merecer tantas atenciones?... Todo suena a guasa en esta parte del globo terráqueo...) y de los que algunos se inventan para seguir chupando del bote (desde que cambiamos la leche condensada por los impuestos de los españoles, la cosa huele en el culo de todos), prefiero terminar la semana con otros cuentos y algo de poesía que, aunque resuenan al mundo y sus deslices, enriquecen más el alma.

Para empezar
hay que enroscarlo alrededor de la mano,
hacer un ovillo redondo como la luna llena
de donde bajan en escalera colgante
los abrigos y las historias.
Se toma la primera palabra,
se anuda a la siguiente y a la otra.
Así, la abuelita Juanita
sentada en la cama de su nieta,
busca entre las lunas
el ovillo perfecto
teje y canta
en el hilo de su voz
un cuento.

Natalí Tentori.
Hilar.
En: Arroz con leche.
Ilustraciones de Elizabeth Builes.
Ganador del Premio de poesía Ciudad de Orihuela 2016.
2017. Vigo: Faktoría K de Libros.


miércoles, 10 de mayo de 2017

Grandes figuras de la ilustración LIJ (XXI): Roger Duvoisin


Aunque no soy de los que magnifican el verbo viajar, ese tan venerado en los tiempos del postureo que vivimos, sí he de reconocer que salir de lo cotidiano para trasladarte a otro contexto favorece el descubrimiento gastronómico, paisajístico o, como en mi caso, “lijerario”. Eso es lo que me sucedió con el autor que hoy protagoniza este entrada, uno del que en la actualidad no hay nada publicado en nuestro país (no he podido consultar las bases de datos sobre libros descatalogados, perdónenme), pero que es archiconocido en otros países, sobre todo en aquellos de habla inglesa. Así que, para que no se lo pierdan queda incluido en esta sección de Grandes figuras de la ilustración LIJ. Amigas, amigos, ¡Roger Duvoisin!


Roger Duvoisin nace el 28 de agosto de 1900 (Nota: Sobre el año de nacimiento de este autor hay cierta controversia puesto que él mismo disfrutaba de quitarse algunos años de encima y algunas fuentes lo fechan cuatro años después, en 1904) en la ciudad de Ginebra, Suiza. Se cría en el seno de una familia con una fuerte orientación hacia las artes, ya que su padre era arquitecto y su madrina una famosa pintora de esmaltes. Por tanto, no es de extrañar que Duvoisin muestre un interés temprano por el dibujo a pesar de que él mismo confesara años más tarde que los caballos y los árboles no eran lo suyo (para más información pueden visitar este lugar). Finalmente, y tras una enérgica discusión familiar sobre qué tipo de educación es la más idónea para Roger, comienza sus estudios en la Ecole des Arts Industriels y la Ecole des Beaux-Arts de su ciudad natal, para desplazarse después a París e ingresar en la École Nationale Supérieure des Arts Décoratifs.



Tras graduarse en la citada escuela, Roger Duvoisin comienza a trabajar durante un breve periodo de tiempo en la industria del teatro donde diseña escenarios, decorados y la cartelería de algunas obras. En 1924 pasa a ser el gerente de una fábrica de cerámica francesa, época en la que conoce a Louise Fatio, con la que contrae matrimonio en 1925. Más tarde deja esa fábrica y se muda junto a su esposa a la capital francesa para ocupar el cargo de diseñador textil, un oficio en el que destaca y a raíz del que le ofrecen un puesto similar en una empresa del ramo en Estados Unidos, concretamente en Nueva York. Se compromete a trasladarse al otro lado del Atlántico con la condición de permanecer en dicha empresa un mínimo de cuatro años, y así, en 1927 se muda junto a su esposa a la ciudad de los rascacielos.



En 1931, la compañía en la que trabaja se declara en quiebra y Duvoisin se encuentra, en pleno apogeo de la Gran Depresión, sin trabajo, en un país extranjero, con una esposa y dos hijos pequeños. Teniendo en cuenta que Roger prefiere vivir en América a regresar al Viejo Continente, empieza a buscar sustento por otras vías y decide publicar un libro que había escrito e ilustrado para su hijo, A Little Boy Was Drawing, un título que no cosecha demasiado éxito pero que le descubre un mundo, el de la Literatura Infantil, en el que se siente cómodo. Continua en ese camino y en 1933 ve la luz Donkey, Donkey: The Troubles of a Silly Little Donkey, su segundo título por el que los pequeños lectores le aclaman. De esta manera empieza su carrera como afamado autor e ilustrador, y que no abandonará jamás.



Además de realizar sus propios libros como And There Was America (1938), The Christmas Cake in Search of Its Owner (1941), The Christmas Wale (1945), Moustachio (1947), su conocidísima Petunia (1950), A for the Ark (1952), One Thousand Christmas Beards (1955), The House of Four Seasons (1956), Day and Night (1960), la entrañable hipopótamo Veronica (1961), The Crocodile in the Tree (1972), Jasmine (1973) o Crocus (1977), Duvoisin fue un gran colaborador e ilustraba las historias de otros autores entre los que destacan su propia esposa, Louise Fatio (con once libros de la serie The Happy Lion), o Alvin R. Tresselt, de quien ilustro diecinueve libros entre los que se cuentan el premioado White Snow, Bright Snow (1947), Wake Up, City! (1957) The Frog in the Well (1958) Under the Trees and through the Grass (1962), Hide and Seek Fog (1965), It's Time Now! (1969) en muchos de los cuales se puede ver el arte de Duvoisin al servicio de los libros de corte informativo. A todos estos se añaden títulos de Mary Calhoun, Charlotte Zolotow, Kathleen Morrow Elliott o Adelaide Holl que también ilustró.




Un dato importante en la vida de Duvoisin y que repercute notablemente en sus ilustraciones acontece en 1939, un año más tarde de obtener la nacionalidad estadounidense, cuando el autor decide comprarse una granja en Nueva Jersey, desde donde puede desplazarse cómodamente a Nueva York pero llevando una vida apacible en mitad de la naturaleza y entre montones de animales que inspiran la mayor parte de sus historias, como por ejemplo la del ganso Petunia o la hipopótamo Veronica, y le ayudan a hacer hincapié en esa dicotomía entre el mundo rural y el urbano que recogerá en sus libros.



Entre los premios obtenidos por Duvoisin se cuentan el prestigioso Premio Caldecott por White Snow Bright Snow (1948), y el Caldecott Honor Award por Hide and Seek Fog (1966), ambos junto al escritor Alvin Tresselt. También destacar el Deutscher Jugendliteraturpreis inaugural (1956), el premio de la Sociedad de Ilustradores (1961) y el premio Rugers Bi-Centennial (1966). Es una pena que no recibiera e premio H. C. Andersen al que fue nominado en 1968.


Tras más de ciento cincuenta libros a los que se unen sus colaboraciones para The New Yorker, Duvoisin muere en junio de 1980, rodeado de su esposa e hijos y todos los simpáticos personajes a los que dio vida en las páginas de sus álbumes infantiles.
Entre las características de su obra hay que decir que siente predilección por las historias protagonizadas por animales de gran personalidad, en las que el humor suave y sencillo (algunos gustan de llamarlo blanco) y el lenguaje divertido y directo (sin palabras malsonantes, sin complicados giros lingüísticos) son sus principales bazas. 




En el plano artístico cabe destacar su dominio de la línea, donde el trazo rápido y fresco imprime dinamismo a las imágenes. Sobre su tratamiento del color y como en muchos otros ilustradores de la época, el uso de manchas donde el volumen se define por la gama cromática y la perspectiva y no por las sombras. En definitiva, unas ilustraciones que se aproximan a la mirada infantil.


martes, 9 de mayo de 2017

De fronteras y sentimientos


Dejamos atrás unos días en los que gabachos y sus elecciones presidenciales han copado la actualidad. Por fin estas semanas un tanto revueltas han terminado con el triunfo de un joven (parece ser que con cierto pedigrí..., que la política no es pa' pobres.) que gobernará el espíritu europeo (el sentimiento del Viejo Continente sin Francia es como la telenovela de la Nova sin una tía mala, tu sabes mi amol) mientras la Merkel mangonea nuestro parné sin concesiones. Así que nada, sin novedad en el frente y mi gozo en un pozo. Habrá que confiar en otros para liarla...


Aunque me declaro pro-europeo (confieso haber disfrutado de un par de proyectos Comenius en mis carnes prietas) esto de la unión tiene su guasa... Si bien es cierto que durante todos estos años se ha invertido en iniciativas que cultivaban ese sentimiento continental en nuestros corazones, también hay que apuntar a una lucha de intereses económicos entre los países vecinos. Mientras unos nos sentimos explotados y engañados, otros se erigen en estados mesiánicos. Y claro, como buenos vecinos, nos enzarzamos.
Es así como los hijos del nuevo milenio se han ido desmarcando (N.B.: He aquí el claro ejemplo de la reiteración de los hechos históricos. Para mas información vean de Haneke, La cinta blanca) y lucen chapas en las solapas que en vez de rezar gritan “La alemana para su casa”...
¡No pongan esa cara, “queridos” gobernantes! ¿De qué se extrañan? Esto es cosa suya (políticas migratorias, deslocalización, intervencionismo de estado...). No miren para otro lado. Son ustedes los responsables, aunque, a pesar de sus quejas, también les convenga. Tejen y destejen, cual Penélope, sus planes... Sabían que nuestro continente fallaría. Que no éramos Estados Unidos, que esa bandera tachada de estrellas poco decía, y sobre todo, que ni la Coca-Cola ni la General Motors nos unían.


Antes yo era europeo y español ciudadano, ahora ya no sé qué pinto ni en Berlín ni en Londres ni aquí ni en ningún lado. Empiezo a sentirme un extraño, un pelín expatriado... Menos mal que debajo de mi ventana siguen sonando las guitarras de los gitanos y en la pantalla se apaga el sobrado de Risto Mejide mientras presenta programas de tres al cuarto. Menos mal que España sigue destilando arte y mal gusto a partes iguales. ¿Europeos? ¿Cuándo?
Cierro El rey del cielo, uno de los últimos álbumes firmados por Nicola Davies e ilustrado por Laura Carlin (editorial Milrazones). Me asomo al balcón. Se apaga la tarde. Y pienso que sobre el fondo azul de esa bandera sería mejor bordar palomas en vez de estrellas. Para sentirnos como en casa, a pesar de los hombres y sus fronteras.


jueves, 4 de mayo de 2017

Booktubers, bookstagramers y otros influencers


De un tiempo a esta parte, las cosas del libro se están animando. Los que reclamábamos más visibilidad de lo literario a base de espectáculo y varietés, empezamos a vislumbrar algo de luz al final del túnel gracias a la apuesta que muchos lectores están haciendo desde ciertas redes sociales. Los canales de YouTube se llenan de gentes que ven en el libro un arma inmejorable para hacer frente al aburrimiento, e Instagram, la red social de moda, está a rebosar de álbumes ilustrados y sugerencias de lectura de todo tipo. Aunque claro, mientras algunos nos ponemos locos de contentos gritando consignas como “¡Hip, hip, hurra! ¡La lectura como estilo de vida!” o “¡Plastas y casposos fuera de los libros!”, otros nos miran de soslayo mientras musitan: “Puro postureo...” “¡Esos no saben lo que es leer!” o “Demasiado neón para tan poco puticlub”...
Así que, amigos, como con detractores y partidarios el salseo está servido, sólo me resta decirles: ¡Al lío!


Cuando yo empecé en esto de los blogs de LIJ allá por el año 2008 no había mucho donde elegir. Eramos cuatro gatos los que nos interesábamos por este tipo de literatura tan minoritaria y es raro el que ha aguantado todo este tiempo. La cosa se pone en ebullición a raíz de la crisis económica, un panorama en el que la gente empieza a buscar parcelas con las que subsistir. Nacen las librerías infantiles, las editoriales especializadas en publicaciones sobre crianza, las tiendas on-line de juguetes respetuosos (me descojono cada vez que alguien utiliza esta palabra como sinónimo de “políticamente correcto”), la ropa para bebes y tendencias educativas todopoderosas. Todo ello lleva asociados espacios y páginas web con los que darse a conocer que, finalmente han desembocado en un ingente entramado social virtual donde los libros infantiles son los protagonistas.
Ahora bien, si empezamos a brujulear dentro de esa gigantesca tela de araña, vamos observando como dista poco de la realidad de la LIJ física y material que he comentado hasta la saciedad (pueden echar un ojo a este artículo sobre especialistas y críticos de LIJ que muchos leyeron pero del que poco se habló), donde todo cabe... No obstante y como en cualquier panorama novedoso o “revolucionario” (hipérbole descriptiva al canto), veo ciertos puntos interesantes sobre los que detenerse y que desgrano a continuación.


En primer lugar hay que hablar de los motivos económicos, muy presentes en cualquier entorno. Si bien es cierto que muchos de estos influencers han nacido al amparo de unas expectativas de negocio (como otros muchos que no lo dicen o envuelven sus intenciones en un celofán edulcorado) y enriquecimiento rápido (no hay más que ver blogs llenos de banners publicitarios o enlaces al gigante Amazon), hay que decir que otros muchos, entre los que destacan educadores y padres, se preocupan por aupar la literatura y la figura del libro, y se toman en serio esto de la lectura.


También hay que detenerse en la calidad de los contenidos, a mi entender, el más peliagudo... Mientras algunos se apresuran a decir que todos estos bichos (me encanta esta palabra en la que me incluyo) de Instagram y YouTube no tienen ni puta idea, que la mayoría apuestan por libros comerciales y series de literatura “crossover” y/o “young-adult”, que muchos de ellos no se leen los libros reseñados y hacen acopio de las reseñas y dossieres informativos elaborados por las propias editoriales, yo prefiero ser más cauto y no apuntar con el dedo (por lo menos esta vez). Es evidente que la mayor parte de booktubers y bookstagramers son jóvenes, algo que no debe extrañar a nadie teniendo en cuenta que las modas y tendencias tienen más de sincrónico que de anacrónico, y que cada generación elige sus propios medios de comunicación (No se empeñen, mis alumnos prefieren mil veces navegar en YouTube que darle al zapping). Esto, evidentemente, puede llevar ligada cierta inexperiencia o falta de documentación a la hora de tratar algunos temas, pero, ¿quién no ha sido primerizo alguna vez?, ¿quién sabe todo antes de nacer? El estudio necesita tiempo y quizá, los aprendices del hoy, sean los especialistas en LIJ del mañana, por lo que no creo que sea lícito subestimarlos por su edad o sus errores (he aquí un síntoma de la vejez, háganselo mirar). Por favor, mientras los unos crecen y leen (nadie regala nada), otros debemos ser generosos y aperturistas. Sería una pena que envidias y cuitas de poder fueran cortapisa y bandera, algo que, por desgracia, abunda en nuestra condición humana.


Por último, me veo en la obligación de exponer lo que más me gusta de estas plataformas para apoyar al libro y la literatura: el formato. Es bastante paradójico que para defender la palabra escrita se utilicen medios donde precisamente esta está cada vez más ausente, ya que son las imágenes estáticas y/o dinámicas donde reside su atractivo. Dejamos aparte las críticas sesudas y las salas de despiece y optamos por resumir nuestras afinidades para con los libros tomando como excusa nuestros estados anímicos, lo cotidiano y este maravilloso atrezo que es el mundo, en un solo vistazo. Los libros nos entran por los ojos antes y después. La capacidad sintética de la imagen nos aleja de ciertas redes sociales, como Facebook (¡Hay que ver los discursitos que se marcan muchos en su muro) y Twitter (la verdad es que el tuiteo constante es muy poco práctico) donde el texto es tan importante como la imagen, y nos acercan a otras en las que podemos prescindir de las palabras aunque también nos lleven a ellas.


Y así llego al epílogo de este casero y breve estudio sobre nuevos influencers (en breve incluiré muchos de sus canales y perfiles en el apartado de “enlaces”). Todo sea por el libro y su debate, por el avance y nuestro disfrute.


Nota: Todas las imágenes que acompañan a esta entrada son obra de Jonathan Wolstenholme.

martes, 2 de mayo de 2017

Solos pero acompañados


Después de un apacible puentecillo (sin diminutivo para algunos afortunados) y habiendo trabajado más de la cuenta (un pecado teniendo en cuenta lo que se celebraba, pero alguien tiene que corregir los exámenes de unos discípulos que estudian más bien poco...), me dirijo a la cama y, de repente, se oye un ladrido. El perro del vecino recibe a su amo. Bajo poco a poco la persiana y escucho a los críos del piso de al lado. Tres días sin horario rutinario pueden con cualquiera... Me tumbo y, mientras me cubro con la colcha, empiezo a caer en la cuenta de que, a pesar de vivir ensimismado (sin connotaciones negativas, por favor), no soy el único que pisa sobre este mundo.


… Y me acuerdo del niño que, tropezando una y otra vez, se yergue con una sonrisa triunfante, de los viejos que buscan en las caricias de los demás los recuerdos del pasado, del hombre que llora en su celda, de los que velan a los enfermos en los hospitales, de los invitados a esa boda que aún no ha terminado, del pastor solitario, y de esa pareja que pasea cogida de la mano. Llega una imagen tras otra de quienes conocemos o de los que, por el contrario, jamás nos hemos cruzado.


No estamos solos, no, aunque lo parezcamos. Sólo que todos y cada uno de nosotros nos aferramos a la existencia como a un salvavidas. Algunos lo definen como puro egoísmo, otros lo relacionan con ese afán de supervivencia, y el aquí firmante elabora su propia hipótesis añadiendo al tarro la teoría general de sistemas (N.B.: Sí Bertalanffy y todos los que contribuyeron a construir este paradigma, levantaran la cabeza, seguramente me propinarían un pescozón) antes de darle a la batidora.
Esa mezcla de soledad y compañía que nos arropa en mitad de la noche, aunque por un lado suene terrorífica, por otro nos mece aliviados, porque sin comerlo ni beberlo estamos acompañados de las circunstancias de otros, de sus avatares que, no nos pertenecen pero se atan de alguna forma al hilo de nuestra existencia.


Seguramente ustedes creen que no tienen nada que ver con personas poco coherentes, intransigentes, racistas o cuyo humor queda por debajo de cualquier razonamiento lógico (hay gente que todavía no sabe traducir un “Ja, ja, ja, ja”), pero lo cierto es que todos tenemos algo que ver entre nosotros y a pesar de plantearnos ir a nuestro aire (cada uno su casa y Dios, si existe, en la de todos), este equilibro que nos aglutina siempre nos pone al servicio de otros.
Sí, sé que doy la impresión de estar un poco ido (¿Qué cosas piensa este hombre en vez de echarse un pestañazo?), pero se ve que no soy el único a juzgar por el último libro de Akiko Miyakoshi, Regreso a casa, recientemente publicado en castellano por la editorial Océano Travesía. En un álbum lleno de poesía y basado en la técnica del carboncillo con ciertas notas de color (Nota: Me encanta que en las ilustraciones de este último libro se pueda ver la trama del papel utilizado), algo a lo que nos tiene acostumbrados esta autora, las vidas de los habitantes se funden en una sola mirada, la del niño que vuelve con su madre a casa tras caer el sol. El protagonista toma consciencia de lo que le rodea, su barrio y las gentes que lo habitan, de qué acontece... Como yo, mientras caigo en los brazos de Morfeo... Zzzz...


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